Tengo un amigo que colecciona mujeres, mejor dicho, colecciona fotografías de muchachas hermosas. Simplemente no puede evitarlo, se siente tan atraído por ellas que en ocasiones basta un rostro simétrico, una mirada atrevida, un gesto indescifrable, o el misterio que probablemente se esconda detrás de aquel flequillo, para que la imagen pase a formar parte de una colección envidiable que no hace distingos entre el color de la piel, los ojos o el cabello. El único requerimiento –me comentó un día- es que reflejen la más pura autenticidad.
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miércoles, 13 de febrero de 2013
El coleccionista de mujeres
Tengo un amigo que colecciona mujeres, mejor dicho, colecciona fotografías de muchachas hermosas. Simplemente no puede evitarlo, se siente tan atraído por ellas que en ocasiones basta un rostro simétrico, una mirada atrevida, un gesto indescifrable, o el misterio que probablemente se esconda detrás de aquel flequillo, para que la imagen pase a formar parte de una colección envidiable que no hace distingos entre el color de la piel, los ojos o el cabello. El único requerimiento –me comentó un día- es que reflejen la más pura autenticidad.
martes, 12 de febrero de 2013
Retrato inconcluso
Durante años he intentado imaginar a aquella chiquilla regordeta de casi 15 años que mira al océano Atlántico desde la baranda del Marqués de Comillas, el gigantesco barco –como recordaría luego- que se había convertido en su casa temporal durante los últimos tres meses que se sucedieron desde que saliera del puerto de Santander. En algunas ocasiones he logrado crear la imagen de esa muchachita de largas trenzas negras y ojos de un gris inusual que no pueden disimular la tristeza contenida mientras ríe de las travesuras de sus dos hermanitos.
viernes, 28 de diciembre de 2012
Yo soy de donde chocan las olas...
Lo que
diferencia al hombre del animal es que el hombre es un heredero y no un mero
descendiente.
José Ortega y Gasset
Parada justo al borde del espigón, intenté recordar la
última vez que estuve así, absorbiendo de una sola vez, como ante un cuadro; el
conjunto de los pilotes del muelle viejo que han sobrevivido a tanta agua; la
línea del horizonte que se perdía a lo lejos sin dejarme definir cuando
empezaba el cielo y terminaba el mar; las medusas que pululaban entre las
piedras de la orilla;
martes, 11 de diciembre de 2012
Si yo fuera un personaje de Subiela…
| Imaginen este escenario a medianoche, y se acercarán un poco a lo que les hablo |
Si yo fuera un personaje de Subiela o de esas películas
argentinas al estilo de Nueces para el
amor, diría que anoche, por primera vez en mucho tiempo, sentí que
recuperaba la capacidad de volar. Si no fuera un personaje de Subiela, no
tendría otra manera de describir cómo me sentí en el Carlos Marx bailando con
los Van Van y tarareando y disfrutando mis
canciones de Silvio Rodríguez.
No sé, y la verdad es que tampoco me interesa mucho, qué
piensan los cinéfilos noctámbulos que esperaban tal vez una propuesta menos
“popular”, pero confieso que para mí esta noche del 4 de diciembre fue,
sencillamente, perfecta. Por no dejar de tener, hasta dramaturgia y cadencia
cinematográfica hubo, con introducción, desenlace/clímax y epílogo.
¿A alguien se le ocurre una idea mejor para comenzar que
hacerlo al ritmo de los Van Van, el de aquellas canciones de los 70 que yo, que
ni había nacido cuando aquello, me las sé de memoria de tanto oírlas en la casa
y cualquier lugar de este país? Eso mismo pensó Alfredo Guevara, porque propuso
inaugurar el festival poniendo aquel teatro a bailar desde el primero hasta el
último butacón. Para ser honesta, las mejores canciones siguen siendo aquellas
iniciales. ¡Ay!, Formell, Felicítame
y dame el Guararey de Pastorita antes
de decirme Chirrín chirrán, en mi
opinión nada las supera. Pero mejor fue ese sentimiento que me empezó a
recorrer desde una mano a la otra del deseo de tener allí a mis vanvaneros
favoritos, a mi papá, a mis primas de
Guanabacoa -la mata de la sandunga
y la subsede permanente del casino- que
me enseñaron a bailar desde chiquita, y a Charly Morales, que tal vez ya no
recuerde aquel día en que nos llevamos de la biblioteca de mi mamá el cassette
por los 25 años de la orquesta, y casi lo gastamos de tanto ponerlo en la
beca.
Después de aquellas cinco, seis o siete canciones, no les
puedo decir porque ni las conté mientras bailaba –o lo intentaba-, y cuando
esperaba ver un documental sobre un músico brasileño llamado Donjovio, o de un realizador
brasileño sobre Bon Jovi como parecía
que podía suceder según mis “fuentes informativas” (ya sé, cuál de las dos más absurdas), me sorprendí
sorprendiéndome y pensando que ya era demasiado bueno para una sola noche que
hubieran decidido poner, además, un documental sobre Silvio, así lo hubiera
hecho un español desconocido.
Y entonces, sí, empezó el nudo central de esta noche
cinematográfica, con Nico García, a quien nunca podré agradecerle lo suficiente
que haya puesto en la pantalla a mi Silvio Rodríguez, a ese que de
tanto oír y leer en su discografía -toda la que ha caído en mis manos y cerca
de mis oídos-, siempre imaginé que existía detrás del retrato del poeta
malhumorado y hasta pesado que se había quedado grabado en mi memoria de
tiempos anteriores, sabe Dios por qué razones. En lugar de aquel cierto
cantante que se molestaba cuando en sus conciertos la gente coreaba sus
canciones y mandaba a callar a la multitud, me encontré frente a frente con un personaje
dulce e inquieto, simpático, expresivo y carismático, la más pura personificación
del narrador de cuentos que siempre anduvo por algún lugar de mis recuerdos
infantiles. Y nota tras nota, desde La Era,
El Elegido, Ojalá, El Necio, El Mayor fui creciendo con él a través de su
experiencia en la Revolución y en el amor, recorriendo el camino de los barrios
y reconociendo a los amigos que aparecieron “robando cámaras”, y también di una
canción de regalo, porque quise y porque sé que Silvio me dejaría. Y otra vez
aquella sensación, aquel anhelo de ver a mis silviófilos favoritos, mi mamá
(Felisa Muñoz), mi tía Any (Ana Margarita Rodríguez), Dayanet Torrent y Rodolfo
Romero, con quienes me hubiera gustado compartir todas y cada una de las
canciones que, milagrosamente, sobrevivieron a mi acompañamiento musical.
El epílogo se lo dejo de obsequio a mis amigos cineastas
(Maykel Rodríguez Ponjuán, Pedro Enrique Moya, Erick Coll) o al mismo Subiela, que
viene que ni pintado para una de esas películas argentinas al estilo de Nueces para el amor o El lado oscuro del corazón, porque
incluyó desde una conversación telefónica de tres minutos y veinte segundos
–disculpen la exactitud, el responsable ¡es mi celular! - con un amigo medio
loco que me ha vuelto la vida al derecho; minutos que resultaron insuficientes
para contarle del documental, y de aquella reflexión final de Silvio que se me
quedó grabada casi textualmente y algún día le diré; hasta una decisión impredecible y loca de ir a
buscar una 195 que eligió pasar ese día veinte minutos más temprano y me tuvo
hasta las 2 de la madrugada esperando en El Quijote; para terminar con una
conversación colectiva de casi dos horas que bien podría competir con ese
mágico realismo de Carpentier, pues comenzó haciendo un recuento comentado del
transporte público en varias ciudades del mundo, La Habana, Buenos Aires,
México, Madrid, siguió sus derroteros hacia los servicios de recogida, hizo una
pequeña pausa en las nuevas normas aduanales (¿o aduaneras?) y terminó haciendo
un análisis del alumbrado público guanabacoense, más específicamente en el
Chibás, Santo Domingo, El Roble y El Mambí. En eso vino la guagua. Media hora
después (eso tienen de bueno los viajes de madrugada, prácticamente no demoran)
llegué a mi casa, y les puedo jurar que dormí como hacía mucho tiempo no lo
hacía.
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